7 de octubre de 2026.
El pasado 4 de octubre celebramos la vida y el legado de San Francisco de Asís, en un año especialmente significativo al conmemorarse ocho siglos de su muerte, ocurrida en 1226.
El testimonio de Francisco continúa interpelando a la Iglesia y al mundo. Su manera de comprender y vivir el Evangelio estuvo marcada por la sencillez, la fraternidad, la alegría, el servicio y una profunda confianza en Dios.
Francisco eligió vivir con radicalidad el mensaje de Jesús. Renunció a las seguridades y privilegios para hacerse pequeño entre los pequeños, invitando a sus seguidores a reconocerse como “menores”, siguiendo el ejemplo de Cristo. Para él, la pobreza no representaba simplemente la ausencia de bienes materiales, sino una manera de vivir en libertad, poniendo su confianza en Dios y reconociendo a cada persona como hermano o hermana.
Su testimonio estuvo también profundamente unido al amor por toda la Creación. Francisco contemplaba la naturaleza como expresión de la bondad de Dios y reconocía una relación fraterna entre el ser humano y todo lo creado. Ocho siglos después, esta visión adquiere especial relevancia ante el llamado que tenemos como cristianos a cuidar la vida, nuestra tierra y la Casa Común.
Su vida demostró que la transformación comienza cuando somos capaces de abandonar la lógica del interés individual para abrazar la fraternidad, el servicio y la entrega. Desde la humildad, Francisco logró conmover profundamente a la Iglesia de su tiempo y dejó un testimonio que continúa inspirando a generaciones.
Durante los días 2 y 3 de octubre, la Orden Franciscana Diocesana celebró su Capítulo Anual, en el que también conmemoró estos 800 años de legado franciscano. Como parte del encuentro, el Custodio General de la Orden, Fray Ángel Dávila Colón, compartió con los frailes diversas reflexiones sobre la Santa Alegría, esa alegría profunda que San Francisco nos enseñó a vivir aun en medio de las dificultades.
La Santa Alegría no significa que todo esté bien o que no existan problemas. Es la capacidad de mantener el corazón en Dios, vivir con gratitud, confiar en su providencia y continuar sirviendo a los demás con esperanza. Para San Francisco, la verdadera alegría nace de un corazón que ha aprendido a confiar plenamente en Dios.
Por eso, su mensaje sigue siendo profundamente pertinente. Nuestra Iglesia y nuestra sociedad necesitan hombres y mujeres capaces de vivir desde la fe, la esperanza y la fraternidad; personas que puedan llevar esperanza allí donde otros solo ven dificultades.
